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| ¿El vaso, medio vacío o medio lleno? |
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El debate y las posibles implicaciones por la iniciativa de una ley “anti ilegales” en los Estados Unidos es tema de análisis en la presente columna.
Por Julián Arcila
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Los últimos meses por no decir años han estado marcados por la tensión en lo que respecta a la población hispana en los Estados Unidos de América. El hecho de que 46 estados de la unión hayan al menos considerado la instauración de una ley “anti ilegales” marca un precedente bastante negativo para el entorno social del país. Asimismo, es una señal de que el presidente Obama no la va a tener nada fácil en cuanto a su promesa electoral de sacar adelante una reforma migratoria que beneficie a los cerca de 12 millones de indocumentados que hay en la nación.
¿Cuál puede ser el origen de esta campaña nefasta en contra de los indocumentados? Una respuesta sencilla puede ser que se avecinan las elecciones y se necesita buscar un “coco” que ayude a captar votos, pero lo cierto es que abordar el problema migratorio de los EE.UU. a la luz de una simple campaña política es un error que puede dejar más pérdidas que ganancias.
Actualmente la población hispana constituye la mayor minoría del país. Algunos datos para tener en cuenta dicen que en este momento los hispanos constituyen casi el 40% de la población de Texas y se calcula que para 2015 serán mayoría, desplazando los blancos.
Estados como Illinois, South Dakota, Oklahoma y Tennessee han visto importantes incrementos de la población hispana, algo que antes sólo se veía en Florida, Texas y California. Otro hecho complejo es que los famosos “baby boomers” están envejeciendo y la cantidad de niños blancos nacidos cada vez es menor en comparación con, por ejemplo, los de origen hispano, un grupo racial bastante fértil. La conclusión que se desprende de todo esto es que en unos años los blancos dejarán de ser mayoría y que los hispanos van a tener la posibilidad de gobernar este país.
Los hechos anteriores tienen crispados los nervios de los más conservadores y han captado toda la atención de la prensa, tanto anglosajona como hispana. No es coincidencial entonces que el tema de la inmigración se haya convertido en el caballito de batalla política de las pasadas elecciones parlamentarias y es muy probable que lo sea en la próxima contienda presidencial.
El problema es que muchos de quienes lo están utilizando lo hacen recurriendo a aspectos no del todo ciertos, como no del todo equivocados y hablan de perdida de identidad nacional, inseguridad, pérdida de empleos y deterioro económico. De nuevo, estos argumentos no son del todo equivocados, pero tampoco son del todo ciertos.
Quiero aclarar que esta columna no es una apología de la inmigración ilegal. Lo ideal es que quienes quieren emigrar a otro país lo hagan por las vías legales, pero en este momento hay un problema que no se va a resolver metiendo la basura debajo de la alfombra. El asunto requiere un debate serio, alejado del fragor de una campaña política. Por eso quiero elevar algunas reflexiones, que podrán no ser correctas, pero al menos abren otra mirada del problema.
El primer tema es el de la pérdida de identidad nacional. Según uno de mis vecinos, una de sus molestias se relacionaba con el hecho de que los hispanos vienen a Estados Unidos y siguen hablando en español, aferrados a sus costumbres y sin adoptar “the American way of life”. Esto no es completamente cierto. Este problema no es sólo de los hispanos. Hasta donde sé los indios hablan en hindú, los árabes en árabe, los rusos en ruso y los alemanes en alemán, aún cuando estén en China, Colombia o Estados Unidos. Incluso los estadounidenses cuando viven en Latinoamérica hablan en inglés.
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